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Ir a un psicólogo no es 'cosa de locos'

Ir a un psicólogo no es 'cosa de locos'. Lo que es una locura es necesitar un psicólogo y no querer ir.

Tenemos un precioso busto encima de nuestros hombros.
Muchas veces, nos preocupamos más de cuidarle por fuera que de atender su interior:
Peinamos y cortamos el pelo, le limpiamos, le ponemos cremas, lo masajeamos, le maquillamos, le afeitamos, le ponemos complementos (pendientes, piercings, gafas, gorros), le decoramos (tatuajes), etcétera.
Si tenemos una otitis, recurrimos al otorrino.
Si tenemos conjuntivitis, recurrimos al oftalmólogo.
Si tenemos caries, recurrimos al dentista.

Pero a veces pasamos por etapas o momentos difíciles en nuestras vidas y a algunos o muchos (me incluyo) se nos pasa por la mente o se nos plantea la difícil decisión de acudir a un profesional de la psicología.

Usando una metáfora el corazón podría ser el motor principal de nuestro cuerpo y la mente su conductora.
Nuestro cuerpo es el vehículo.
Un vehículo que tiene muchos caballos de potencia y es sumamente bello.
Lo cuidamos, lo llevamos a las revisiones, lo limpiamos, etcétera.
Pero si la conductora no está en condiciones óptimas de llevar ese vehículo y de sacarle al menos un óptimo rendimiento, lo que debería hacer es solicitar una revisión también.

Entramos en una lucha interior mientras vamos deshojando la margarita.
Entran en juego los prejuicios u opiniones nuestras o de terceras personas, a la hora de dar ese paso definitivo.

Nos los imaginamos cómo unas personas muy serias y parcas en palabras (incluso raras), que abren la puerta de su consulta y te reciben llevando puestos una bata blanca.
Que nos miran de arriba a abajo mientras les hablamos a la vez que gesticulamos con la boca, ojos, brazos, posturas corporales....
Que llevan sus gafas a la mitad de la altura de su nariz, mientras no te dejan de observar y anotar cosas en un papel.
Nos preguntamos:
¿Qué estará apuntando en esas hojas?
¿Qué pensará de mí y de todo lo que le estoy contando?
¿Qué querrá hacer conmigo?
¿Por qué le tengo que contar yo mis problemas a un desconocido?
¡Vamos! Una situación tan incómoda cómo tensa para salir corriendo de allí y no volver nunca más.

En mi caso, en realidad, fue todo lo contrario: amabilidad, profesionalidad, educación, interés e implicación por tu estado emocional.
Llamar a su puerta es un gesto que nos puede costar mucho o poco, pero que es necesario si no queremos caer más aún todavía.
Es cómo llamar a la puerta de la vida.
Al menos hay que intentarlo una vez para darnos cuenta de que lo que hay tras esa "misteriosa puerta" y el ser humano que te espera al otro lado.
A mí me costó mucho tomar esa decisión pero pensé: no tengo nada que perder. Me lo tomaré cómo el que va a solicitar presupuesto en un taller, en una agencia de viajes, a pedir información en el mostrador de un aeropuerto, etc.

Al final lo hice y desde el primer momento sentí algo totalmente diferente a los prejuicios y opiniones que tenía en relación con estos profesionales y su labor a desarrollar.
Me sentí cómodo tras unos primeros minutos muy desconcertantes en los que solté y solté todos mis problemas.
No paraba de llorar y llorar.

Las primeras palabras que me dijo fueron:
Tranquilo. Todo tiene arreglo.
Has dado un paso muy valiente.
Ahora déjame a mí que te explique...

Hemos de concretar, aceptar, tolerar y no dramatizar la situación:
Es un problema de salud más de las de cientos de miles y miles que hay por todo el mundo.
Queremos y deseamos curarnos.

Ahora estoy en una fase de pleno crecimiento interior.
Me siento muy satisfecho y orgulloso de mí mismo por la decisión que tomé en su momento.
Yo la llamo una vital decisión tal y por hacia donde se dirigía mi vida, sino hubiese dado ese paso firme, valiente y seguro.
Sin embargo, me mantengo con la guardia en alto en todo momento.
Estos problemas a veces traen sus complicaciones posteriores en el momento que menos nos los esperamos.

Y lo tengo muy claro: ante cualquier nueva caída no dudaré instante alguno en volver a llamar a su puerta.

José

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