No tens activat JAVASCRIPT al navegador, pots navegar en la nostra web tranquil·lament, però et recomanem que ho activis perquè puguis fer us del Web amb totes les funcionalitats.

Trastorno de la personalidad no especificado y trastorno  ansioso-depresivo

Me llamo Andrea Gracia y tengo Trastorno de la personalidad no especificado y trastorno  ansioso-depresivo (en concreto ansiedad social). 

¿Sabéis cuando lleváis un rato haciendo ejercicio y llega un punto en el que no puedes más  pero aun así sigues porque ya falta poco para terminar la tabla de ejercicios? Pues así es mi  día a día: esforzarme a cada minuto un poquito más para conseguir llegar al día siguiente  sana y salva. 

Desde bien pequeña mis gustos y actitudes han sido muy cambiantes, pero no fue hasta que  llegué a bachillerato donde empecé a darme cuenta de que esa intermitencia no solo se  aplicaba a mis gustos, sino que también a mis relaciones interpersonales y en el ámbito  profesional de mi vida. 

Mis amigos y amigas se fueron a un instituto diferente al que fui yo, así que después de estar  desde los 3 años rodeada de la misma gente, tuve que enfrentarme a un ambiente muy  distinto al que ya estaba acostumbrada, sumándole la presión de tener que hacer las cosas  bien —tanto académica como socialmente—. 

Finalmente resultó haber gente muy agradable en este nuevo curso con la que estreché lazos  bastante rápido, pero estos lazos que creía fuertes se acababan rompiendo de un día para  otro. Pasaba de la admiración extrema al odio y el reproche irracional. Evidentemente, esto no  hacía ningún bien a mis relaciones (ya sean de amor o amistad) y la gente se acababa alejando  de mí, porque aunque en ese momento en mi cabeza todo tenía sentido y notaba que todo el  mundo se ponía en mi contra, las personas de mi alrededor no entendían cuál era el motivo  que había detrás de todos estos conflictos que realmente salían a raíz de mis propios  pensamientos intrusivos. 

Estuve meses luchando sola conmigo misma porque no entendía mis cambios de humor, mi  impulsividad y la intermitencia en todos los sentidos de mi vida. Tenía miedo de exponer lo  que me pasaba por si la gente se alejaba de mí o directamente no se molestaran en  conocerme por miedo a que un día les diga adiós sin motivo aparente (aunque repito, en mi  cabeza todo tiene sentido). El hecho de reprimir mis miedos y el caos que tenía dentro de mí terminó pasando factura, y acabé exteriorizando el dolor en forma de autolesiones físicas. Mi  día a día se convirtió en un juego del escondite para que mis padres y mis dos mejores  amigas no viesen como se estaba llegando a torcer todo este asunto del que todavía no  teníamos idea de qué era o a qué se debía. 

Esto no se vio afectado solamente en mis relaciones interpersonales, sino que también lo  sufría a nivel académico y laboral: en tres años inicié tres formaciones académicas que resultaron fallidas, a la vez que los puestos de trabajo que encontraba no me duraban más de  un mes. Y, aunque para mí este no era el problema que más me costaba afrontar, fue lo que  hizo que mis padres notaran que algo en mí no iba del todo bien, así que pedimos ayuda en el CSMA de Mollet. 

Después de muchos test de personalidad, pastillas recetadas que me sentaban mal, sesiones  grupales para conocer a más personas que sufrían algo parecido a lo mío y aprender a  controlar las crisis de ansiedad, visitas incansables al psiquiatra y la psicóloga y varias recaídas,  por fin llegamos a mi diagnóstico: trastorno de la personalidad no especificado, trastorno de ansiedad social y depresión.

Durante todos estos años en los que he estado en tratamiento he tenido etapas eufóricas y  etapas depresivas, y en estas etapas depresivas (que no son pocas) la idea del suicido está muy  presente en mí, lo que hace que mi día a día se convierta en una lucha constante, que  desgraciadamente perdí el año pasado y finalmente intenté suicidarme. 

Me llevaron a urgencias gracias a una amiga que le explicó la situación a mis padres, y cuando  la psiquiatra me preguntó por qué lo hice, mi respuesta fue “para llamar la atención de mis  padres”. Evidentemente, esta respuesta era falsa, lo único que quería era que me dejasen ir y  estar recluida en mi habitación.  

Como llegué tarde para la limpieza de estómago, después de la sobredosis estuve una semana  haciendo cosas de las que no era consciente y sufriendo alucinaciones que todavía recuerdo. 

Hoy en día continúo con mi proceso de recuperación que conlleva cosas negativas como los  conflictos de los que ya os he hablado y personas que cuando ven un resquicio de algo  negativo se alejan de mí. Pero no todo es malo, ya que la vida también me ha presentado a  personas que sí se esfuerzan por entenderme y se mantienen a mi lado a pesar de mis  recaídas, ya que comprenden que es una parte más de mí y que existe la posibilidad de  recuperarse de todo esto. Es muy importante encontrar soporte en terceras personas y saber  detectar cuando te hacen bien y cuando no, porque al fin y al cabo nuestro entorno influye  mucho en nosotros mismos y es primordial tener una relación sana con quien nos rodea, y  desde mi experiencia personal, realmente lo que más me ha ayudado es ver que también hay  gente que no te deja de lado y ven todo esto como una experiencia de vida más. 

A día de hoy yo sigo con la lucha social y la normalización de la palabra “suicidio” porque si  no fuese un tema tabú, podríamos pedir ayuda sin miedo a ser juzgados o juzgadas. Así que  aunque para mí una sociedad que no le teme a la palabra “suicidio” de momento es un mundo idílico, os animo a que si alguien os habla de ello abiertamente, evitéis pensar que es un grito  de atención porque realmente es un grito de auxilio.

Carregant, un moment, si us plau