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Medio muerto en vida

Tengo 42 años. ¿Me puedo considerar ya un medio muerto en vida? Bueno, siendo optimistas, un 40% muerto y un 60% vivo. No sé por donde discurrirá este texto, por la cara amable o la triste. ¿Los que lo lean se quedarán con el lado oscuro o el cómico, o los dos?

Cuando ves a tus viejos amigos de uvas a peras. Cuando detectas una barrera transparente con los amigos más recientes. Cuando en las épocas locas, te haces casi íntimo de alguien y al cabo de un tiempo se hace bien difícil un reencuentro. Cuando tu familia próxima te quiere mucho pero la comunicación no fluye libremente. Cuando para los familiares menos allegados no desaparece en relación a ti la etiqueta de tímido y reservado. Cuando no tienes novia y a veces charlas con tus exparejas, si bien la conversación no es larga.

Cuando de joven te catalogabas de torpe, inconstante y otras lindezas y doblas la edad y te juzgas igual o hasta peor. ¿Y cuándo acabará todo este sufrimiento acumulado?

Hasta aquí todo lo malo, esos sentimientos íntimos donde nadie será capaz de entrar jamás a no ser que haya invertido horas y horas en observarme y hablarme. ¿Y de qué puedo alegrarme? Pues que la medicación es ligera y no me ha hecho así como estoy ahora. La familia y los amigos están por ahí afuera pero no se esfuman. Admito que hay personas que básicamente perciben tan solo mi lado silencioso o el irónico o el irritable. Otra cosa es que nadie goza de pruebas fehacientes para catalogarme de mala persona.

Seguimos. Mi vida personal y profesional no satisface todas mis expectativas. Por lo menos sí puedo declarar que llevo varios años haciendo una buena labor como voluntario y trabajo regularmente. Eso sí, lo dicho hasta ahora no define a una persona con un trastorno mental, sino a cualquiera con ciertas dificultades sociales. Sintonicé mejor dentro de un grupo o de otro. Lo que no recibí a la cara fueron muchos palos y elogios seguro que recolecté. 

Con 42 años éste soy yo. No controlo el hecho que alguien me vea tranquilo o angustiado. Si se me puede permitir una pizca de presunción o envidia, entiendo que mucha gente culta, rica o, al contrario, de una baja condición social puede alcanzar mi estado ánimico variable un día u otro. Lo mismo mi modesta existencia sirve a alguno de ellos de ejemplo a fin de poder salir airoso de "un naufragio". Ser una estrellita para un desorientado concedería más sentido a mi vida, por descontado. Un 5 o un 10% más, como mínimo....

De la crónica “Un mundo en blanco y negro”, de David García Gallego: “Desconozco si la batalla entre el trastorno y yo mismo asistirá alguna vez a un ganador claro, si separaré de mi cuerpo esa mitad inestable o si mi cerebro será derrotado tras oponer una fuerte lucha”.

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