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Aterrorizar también es violencia

Hoy cumplo 44 años. Hace muy poco que he conseguido tener plena confianza en un hombre en el ámbito sexual, pues durante muchos años les tenía miedo, tenía muy presente la idea de que podían hacerme daño. No sabía por qué pero lo intuía desde pequeña al ver escenas familiares, con los bisabuelos... Han cambiado mucho las cosas desde entonces, por suerte, aunque queda mucho por hacer. Mi bisabuela se comportaba con miedo delante de los hombres, se apocaba, miraba al suelo y no se relacionaba con ellos: los servía. Nunca les miraba a los ojos. Y eso era normal, en teoría. Nadie parecía darle importancia ni hablar de ello. A mí no me gustaba, me costaba entenderlo.

Una noche, un hombre de unos 50 años me persiguió. Yo tendría unos 13 años, mi cuerpo se había desarrollado mucho en poco tiempo y tenía unas curvas muy bonitas, las que me ha dado la vida. Llevaba mis leggins nuevos y volvía de estar en la plaza del pueblo, comiendo pipas con mis amigas. Era de noche y tenía que caminar varias calles sola para volver a casa. Hasta ese momento siempre lo había hecho sin miedo. Ese día me di cuenta enseguida de que alguien me seguía, cada vez caminaba más deprisa y le oía jadear. Cuando me volví para ver quién era, la cara con la que me miró ese hombre me aterrorizó: ese gesto lascivo y esa determinación, ¡corriendo tras de mí, que era solo una niña! ¿Qué quería hacerme? No había nadie en la calle, todo estaba desierto. Al doblar la esquina eché a correr tan rápido como pude, sin mirar atrás, hasta llegar al portal de mi casa. Ahí me quedé no sé cuánto tiempo tratando de normalizar la respiración, dejar de temblar. No quería que se enterara nadie. No lo compartí con nadie. Pasé rápidamente a mi habitación y me metí en la cama. Mi cerebro lo borró totalmente y no lo recordé hasta más de diez años después. Violencia es violar y también lo es aterrorizar, ¿verdad? Aunque ese hombre no me tocó, esta experiencia me marcó mucho.

A los 20 años, un tipo me metió mano en un bar con cero contemplaciones. Estaba borracho y era bastante más grande que yo. Nos estábamos liando, besándonos, yo con él y mi amiga con su amigo. No teníamos intención de irnos a la cama con nadie, yo nunca me había acostado con un hombre. Pero el tío se encendió enseguida, se puso muy cachondo y entró en modo pulpo. Me intenté zafar y me costó mucho quitármelo de encima. Llegó a meterme los dedos a saco con ansia y torpeza, me hizo daño, me rompió las bragas, quería quitarme la ropa. Me deshice de él gracias a mi amiga y a que estábamos en un lugar público. Era una discoteca y había poca luz pero enseguida llamamos la atención de la gente (que no intervino, por cierto) y él, al darse cuenta de que estaba dando la nota, paró. Me enfadé un montón y le estuve insultando un buen rato, pero se excusaba. ¡Incluso se empeñaba en acompañarme a casa "por si me pasaba algo"! Él no tenía conciencia de haberme agredido. Yo no me lo podía creer...

Otra noche de bar: yo soy bajita, y estaba en una barra que era muy alta, tratando de pedir una cerveza. Un chico me aúpa, así de repente: me levanta del suelo para que el camarero me haga caso. Me sorprendió, pero me reí, me pareció divertida la situación y en cierto sentido me echó un cable. Pero luego, sin ser invitado, se sentó a mi lado y empezó a tratar de besarme. Cada vez se acercaba más e invadía más mi espacio. Empecé a ponerme nerviosa. Le dije que no en todos los tonos y en varios idiomas, y él seguía acosándome. Casi me caigo del taburete. El chico con quien yo había ido al bar ni se inmutó... flipé y me sentí muy sola. Por suerte una amiga suya intervino. El pesado se puso farruco y al final le acabaron echando del bar. A mí me sentó mal la cena y la cerveza y me fui a casa con el estómago encogido y preguntándome por qué me pasaban a mí estas cosas, avergonzada.

La suma de estas situaciones me afectó a nivel de salud mental porque me generaba mucha ansiedad. De alguna manera había interiorizado la creencia de que “un hombre, cuando está cachondo, puede hacer mucho daño”, y entonces, a la hora de intimar sexualmente, no me soltaba, tenía miedo de despertar un deseo que luego se volviera contra mí, y entonces me bloqueaba, me quedaba tensa, me frustraba, lloraba. Ellos no entendían lo que pasaba, se sentían sorprendidos y frustrados, y así, mis intentos de relaciones no llegaban muy lejos. Estuve durante años con bastante depresión y con muchos altibajos porque pensaba que nunca iba a encontrar una pareja que me entendiera y me respetara y que nunca iba a ser capaz de desinhibirme. Creía que no valía la pena abrirse a los hombres, que era un riesgo demasiado grande. Con la ayuda de una psicóloga estuve trabajando todo esto poco a poco y ahora puedo decir que lo tengo bien elaborado y no me causa problemas, pero en su momento fue duro. Veía como todas mis amigas tenían pareja y les iba bien. Las envidiaba pero yo no era capaz de lograrlo para mí. Vivía las relaciones íntimas en un estado de miedo y ansiedad.

También he tenido por suerte experiencias muy positivas con otros hombres. Sé que también ellos sufren injusticias y sexismo de otras maneras y quiero entenderlos, pero por favor, que todo el mundo entienda que, independientemente de las circunstancias, NO es NO. En estas ocasiones que os he contado, yo dije “no” con insistencia y fue como si nadie hubiera dicho nada. No se puede ignorar lo que dicen las mujeres, tratarlas como si no importara lo que dicen. Me pregunto, ¿qué es lo que quieren de nosotras esos hombres que nos agreden o nos faltan al respeto así? Las mujeres nos entregamos de todo corazón cuando nos sentimos respetadas, amadas, cuidadas... Como seres humanos. ¿Por qué hacernos tanto daño cuando podemos amarnos, compartir y disfrutar... como seres humanos?

Anónimo

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