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Maternidad

Cuando mi marido y yo empezamos a salir, con 25 años, yo le expliqué que tengo depresión desde la pubertad y él me explicó que, debido a un problema en la pubertad, también tenía un problema: quizás el día de mañana él no podría tener hijos. El uno aceptó la situación de partida del otro. Y una vez empezamos a vivir juntos, las cosas nos iban muy bien. Era feliz, dentro de la felicidad que te permite tener una depresión.

Con el tiempo empecé a desear ser madre, a ser madre, con mi pareja. Hablaba sobre la maternidad con él, que quería entonces exprimir aquella época. Y empecé a hablar con los médicos. Me preocupaba mucho transmitirle a un hijo esta enfermedad, genéticamente, por contacto familiar o por cualquier motivo, aunque no fuera yo la "culpable".

Incluso me preocupaba si yo podría ser una buena madre. Me respondieron que era un buen síntoma que esto me preocupara, un buen padre o madre se preocupa por el bienestar de sus hijos. No estaba sola, tenía pareja y una familia para ayudarme si esto me preocupaba. Y que yo podía ayudar un hijo mío si sufría problemas mentales: no encontraría la misma incomprensión y carencia de ayuda de tantos.

Por aquella época, además, tuve un embarazo no evolutivo. Me enteré casi de casualidad. Sólo duró dos días. Y el dolor de aquella pérdida, o digamos posibilidad, porque no llegó a ser nunca un feto, fue horrible. Aún así todavía reforzó más mi deseo. Sólo aquel amor y preocupación por un grupito de células durante unas horas era maravilloso. Era lo más grande que había vivido.

Pero la situación económica que sufríamos debido a la crisis no nos lo permitía. Llegamos a deber de mucho dinero para poder continuar juntos, comer y tener un techo. De todas maneras, cada vez me sentía más deprimida debido a no tener criaturas, a pesar de que entendía la situación y la espera. Mi agravación conllevó el aumento de la medicación. Nuestra vida de pareja se vio afectada por las preocupaciones económicas y mi estado mental cada vez era peor.

Empezaron las discusiones para mirar si éramos fértiles o no, y para ver si en un futuro tendríamos que recurrir a ayuda médica. Son procesos largos y se tienen que empezar pronto si hay problemas en la concepción. Había leído mucho sobre el tema. No podíamos posponerlo debido a nuestros problemas de fertilidad. Si llegaba el momento en el cual no pudiéramos hacer frente a los gastos, nos pararíamos.

Yo lloraba y lloraba, sola o con él, por este tema. Sentía mucho dolor y una gran impotencia. Miramos de solucionar nuestros problemas económicos con un piso de alquiler más barato en otra población y encontró un nuevo trabajo y estabilidad. En la nueva población sólo era visitada por la sanidad pública, exclusivamente. No había dinero.

En el CSMA salía el tema de la maternidad de vez en cuando, porque me hacía daño. Pero lo esquivaban, "más adelante", me decían siempre. A veces me decían que no me obsesionara o me preguntaban si esperaba que la maternidad me curara. Barbaridades. Me acercaba a los 35 y al descenso dramático de la fertilidad natural y mi preocupación y ansiedad sobre este tema cada vez eran más grandes. Finalmente, en una cita fatídica con mi psiquiatra, ante mi deseo de ser madre, me respondió: "¡Ni se te ocurra!". Tengo las palabras y el tono grabados a fuego a la memoria, diciéndome qué tenía que hacer con mi vida e ilusiones.

A pesar del dolor, seguí insistiendo a mi pareja. Conseguí que nos hiciéramos pruebas para ver si podíamos o no. En su caso no era esterilidad, a pesar de que casi. Yo podía físicamente. Y empezó el proceso. Él tenía que tomar unas pastillas carísimas durante 2 o 3 meses. Las compramos, pero no llegó a tomárselas ni durante una semana seguida después de múltiples intentos y de recordarle yo misma que tomaba muchísimas diariamente. Siempre las acababa dejando. Y sólo era para ver si aumentaban las posibilidades o si teníamos que continuar buscando otras soluciones.

La última vez que hablamos sobre el tema, nos peleamos, y salió la verdad. No quería tener hijos conmigo porque no se sentía capaz de cuidar de una segunda persona. Me había estado dando excusas durante 7 años. Siempre me decía que lo dejaba para cuando fuera una necesidad imperiosa para mí (las lágrimas, conversaciones, peleas y depresión que se agravaban continuamente resulta que no eran suficientes señales de cómo había sido de imperioso para mí, parece).

Aquel verano me marché de casa. No podía soportar que me hubiera engañado. Pero, sobre todo, que yo me hubiera dejado engañar. Nos queríamos, esto era claro. Pero decidió por mí en vez de plantearme sus dilemas desde buen principio. Resulta muy difícil, por no decir imposible, dejar de querer a una persona que te quiere con todo el corazón y que te ha salvado la vida, a veces literalmente, contínuamente. Cuando a pesar de estar agotada por tu enfermedad, sigue allá, esforzándose siempre.

Lo acabé perdonando y volviendo a casa cuando conseguí, finalmente, ponerme en su piel. Pero ha marcado nuestra relación ya por siempre jamás. No confío en él como lo hacía en el pasado. Y sé que no podré, porque el recuerdo y el dolor seguirán siempre. No puedo olvidar aunque lo haya podido perdonar. Él tampoco se puede perdonar. Y tendremos que trabajar la confianza siempre más.

Cuesta hablar de estos temas, pero sinceramente espero que nuestra experiencia, lo que he sufrido yo, ayude otras parejas en nuestra situación. Tener un trastorno mental no es ser un niño, ni ser incapaz de tomar decisiones sobre tu vida. Hablad en todo momento. Evitad que la discriminación en la familia, en la pareja, se lleve aquello que es importante para vosotros. Por eso he decidido hacer oír mi voz.

Anónimo

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