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Asignatura pendiente: empatía

Inauguramos el mes de septiembre con una noticia demasiado cruel para ser cierta. Pero como dicen en el cine, la realidad siempre supera la ficción. Me refiero a la triste noticia del niño con Asperger que ha sido cambiado de grupo escolar y que unas madres han celebrado a bombo y platillo, como si el contacto con un niño con este trastorno fuese contagioso o un retroceso en el aprendizaje de los demás compañeros. Con un ejemplo así en casa no entiendo por qué luego nos echamos las manos a la cabeza cuando escuchamos los numerosos casos de bullying que se vienen denunciando en la actualidad. Afortunadamente, se ha podido mostrar al mundo la frialdad de estas personas y, al menos, se les ha podido pegar un tirón de orejas mostrando los mensajes donde celebraban su más preciado logro: echar a un niño de su clase porque ha tenido la desgracia de desarrollar un trastorno. ¡Bravo! ¡Viva la empatía! No les voy a desear que les pase a ustedes porque seguramente sería lo mejor que les podría pasar en la vida, dado que las personas que hemos desarrollado un trastorno somos mucho mejores que ustedes, por tanto, no merecen un niño así.

Yo, he vivido en mis propias carnes lo que es que tus compañeros de clase no quieran tener relación contigo. Cuando inicié mis estudios universitarios, la enfermedad empezó a desarrollarse de un modo que yo no podía controlar. Ni tenía la experiencia ni las herramientas que tengo ahora. En esos años, yo me hacía heridas en la cabeza y, algunas veces, las rascaba de forma compulsiva porque me reducían los niveles de ansiedad. Mis compañeros empezaron a sacar un bulo sobre mí que decía que tenía piojos, lo sé porque lo decían a dos asientos del mío y se escuchaba todo. Esto desembocó a que nadie quisiera sentarse a mi lado ni hacer trabajos en grupo conmigo. Por esto, siempre quedaba la última con los alumnos de Erasmus. Al menos tuve la oportunidad de hacer amistad con personas de otros países. Claro, porque ellos no sabían nada de mí ni qué me pasaba y no tenían influencia de nada. Eran eso, personas sin prejuicios. Igualmente, la época de exámenes era de las peores de mi vida, puesto que mi nivel de ansiedad estaba a sus niveles máximos. Esto provocó que yo no me presentase a los exámenes, mejor dicho, iba a la clase donde se iba a realizar el examen pero no podía entrar por la ansiedad de verme tres horas encerrada en una habitación con tanta gente. El centro de apoyo al estudiante consiguió que los profesores me examinaran en su despacho un día antes del examen, como nadie me hablaba pues no me preguntaban las preguntas, alguno que otro sí pero yo no las decía. Algo que estaba demostrado con partes médico pareció molestar mucho a mis compañeros y, para más inri, hicieron campaña contra mí diciendo que tenía privilegios. ¿Qué privilegios? Me restaban nota por las faltas de asistencia que estaban justificadas; siempre tardaba más en hacer los trabajos porque los Erasmus no podían coincidir conmigo en muchas clases; nunca me preguntasteis si quería la camiseta anual de la clase; ni siquiera si me iba a hacer la orla; muchos de vosotros nunca me hablasteis... Si a eso le llamáis privilegios sí fui muy privilegiada. Lo cierto es que no sé cómo pude sacarme la carrera porque fueron unos años muy malos. Como ya he comentado anteriormente, yo sufría unos síntomas que eran nuevos para mi, otros no tanto. Eran cosas que yo no controlaba y me hacían sufrir. Se decía que sufría esquizofrenia o que era bipolar, y ni una cosa ni la otra.

Han pasado los años y yo me he decidido a dar la cara. Lo que en su día me hizo mucho daño con el tiempo me hizo más fuerte, para mi está olvidado y no guardo rencor a nada ni nadie. Pero al ver esta noticia veo que las cosas no han cambiado nada y pienso en lo bueno que hubiese sido para mi y para ese niño un poco de empatía por parte de todos los que se atreven a juzgar a una persona que tiene una dura batalla interior. Espero que las nueva campañas de concienciación ayuden a que nadie vuelva a pasar por esto y aprendamos todos a ponernos en el lugar del otro.

Irene Von Fuentes.

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